Salgo de la estación de Powell Street. Paso la parada del tranvía, una de las más turísticas y fotografiadas de San Francisco, y giro a la izquierda por Ellis Street. A medida que me acerco a la esquina donde se halla el hotel Hilton, y el contraste aparece en apenas unos metros: los transeúntes dejan de ser turistas con mochilas y cámaras para convertirse en personas que empujan carritos, andadores, bolsas repletas de ropa y objetos.
Entro por la puerta de Glide, una entidad con más de 271 trabajadores. Fue creada en 1929, cuando Lizzie Glide compró la parcela para levantar una iglesia como lugar de culto para todo el mundo. En 1963, Cecil Williams dio un giro radical al centro y lo transformó en algo más que un espacio religioso. Glide se convirtió en un lugar político y comunitario, un santuario para minorías —personas trans, trabajadoras sexuales, personas consumidoras de drogas— y en un foco de protesta durante la guerra de Vietnam. Hoy sirve tres comidas al día, ofrece asistencia social y jurídica, hace contacto de calle y mantiene servicios específicos para mujeres, familias y menores.
Ese trabajo sostenido no ha estado exento de tensiones. En 2023, el personal inició una lucha salarial y creó un sindicato. La distancia entre quienes trabajan en primera línea y la dirección ejecutiva se volvió insostenible en una ciudad como San Francisco. Las demandas eran claras y básicas: mejores salarios, mayor transparencia financiera y condiciones laborales que permitieran retener a quienes sostienen el día a día del centro.

Firmo un documento en el que eximo a la entidad de responsabilidad si algo me ocurre. Me colocan una pegatina con mi nombre. En el patio me explican el plan del día: hoy saldré con el equipo sanitario de un programa conjunto con Glide y el San Francisco General Hospital. Gracias a esta colaboración, enfermeras y enfermeros pueden dedicar un turno semanal remunerado a trabajar directamente en las calles del Tenderloin. No es voluntariado puntual ni excepcional: es atención sanitaria integrada en su jornada laboral. Esto permite continuidad, seguimiento y algo fundamental en la calle: confianza. Las mismas caras regresan semana tras semana.
Este equipo no solo cura heridas. Evalúa, documenta, administra vacunas de gripe y Covid, reparte Narcan, detecta infecciones graves y actúa como puente con el sistema hospitalario. De este modo, cuando alguien acepta ir a urgencias, no llega solo ni de improviso: llega con una historia ya contada, con una herida ya valorada, con una profesional que puede abogar por sus necesidades en un sistema sanitario complejo incluso para quien tiene recursos, este tipo de acompañamiento cambia el desenlace.
Buena parte de este engranaje se sostiene gracias a MediCal, el sistema público de salud de California. Para las personas que viven en la calle, MediCal cubre atención médica básica y especializada, hospitalizaciones, medicación, salud mental y tratamientos de reducción de daños, incluso sin tener un padrón, una dirección fija. La inscripción puede hacerse a través de entidades comunitarias como Glide, y el seguro permanece activo aunque la persona se mueva entre la calle, un shelter o un hospital. Para muchas personas sin hogar, MediCal es el único vínculo estable con el sistema sanitario: no garantiza soluciones inmediatas, pero permite que una cura en la acera tenga continuidad más allá de ese momento.
Salimos a la calle. Somos un equipo integrado por cinco enfermeras, dos carritos cargados de material y dos embajadores de Glide que hacen de enlace con otros servicios. En la calle, la mayoría de personas rechazan vacunas o que les miren heridas, pero aceptan agua y snacks. La edad media es elevada; a simple vista, muchas personas rondan entre los 50 y los 70 años.

Cruzamos Jones Street y entramos en la zona de los callejones —hay cinco en este tramo del Tenderloin—.“Alejados y en espacios menos transitados es más probable que acepten nuestros servicios”, me explican. “Aquí se sienten menos observados”. Comenta Sheridan, la líder del grupo de enfermería.
En uno de los callejones hay una mujer y cuatro hombres, separados entre sí. La mujer tiene el rostro empapado en sudor. “¿Estás bien? ¿Te duele algo? ¿Quieres miremos si tienes fiebre?”. Se niega a todo. Mientras busca entre sus cosas saca una pajita y la aspira pegada a un papel de plata, también niega necesitar Narcan, el antídoto del fentanilo. El patrón se repite durante toda la mañana: la negativa inicial, el peso del estigma. Pero cuando ofrecemos snacks y sacamos un paquete de Narcan, lo recoge rápido, casi sin mirarnos. Me pide dos.
Regresamos a la calle principal para reabastecer los carritos. El equipo rodea a un chico en silla de ruedas, muy joven, apenas treinta años. “Este es el chico del que te hablaba”, me dice Sheridan. Tiene las piernas hinchadas, llenas de heridas infectadas. Llevan meses intentando convencerle de ir al hospital. A veces acepta ayuda, otras dice que no puede ir todavía. Hablamos de la frustración y de cómo el fentanilo anestesia el dolor físico y emocional hasta borrar cualquier urgencia: aunque tenga las piernas destrozadas, eso parece ahora mismo que le cause dolor. Apenas puede abrir los ojos.
Sheridan me explica que le operaron hace unas semanas pero que no se está pudiendo recuperar en condiciones y sus heridas cada vez están peor. Después de hablar con el equipo, hoy sí quiere atención, le ofrecen un techo donde curarse y acepta. Sheridan llama sus supervisores quienes aparecen con una minivan habilitada para las sillas de ruedas y se lo llevan a un recurso residencial destinado a personas que viven en la calle y han salido recientemente de intervenciones quirúrgicas y necesitan de un lugar adaptado donde sanar.

Un perro cruza la calle solo; su dueña viene detrás. “Le encanta perseguir palomas”, nos dice. Al principio rechaza recursos, pero dos esquinas más allá nos detiene: “De hecho, necesito ayuda en conseguir un hogar”. Uno de los embajadores de Glide le explica que, normalmente, antes debe pasar por un shelter. “Si necesitas un hogar, necesitas hablar con Mike… él es el único que puede hacer magia moviendo a las personas de las calles a un piso”, le responde.
Le pregunta si en los refugios aceptan perros. En las residencias, sí, con condiciones y responsabilidades firmadas pero no es el caso de los refugios, solo hay uno que admira perros en la ciudad y los animales se quedan en una sala adjunta, en jaulas.
En Post Street, un hombre descansa en su coche. Nos habla en español. Ofrecemos atención médica y vacunas. Saca una cartilla diminuta con las de 2022. Acepta nuevas dosis. Mientras se las ponen, me cuenta que estuvo hospitalizado por neumonía y que en el pasado se trató la hepatitis en El Salvador. Le dan pánico las agujas. Duerme en un shelter, trabaja como repartidor y pasa el día en el coche. Me pregunta si ICE puede sacarlo por la fuerza, si pueden entrar al shelter a buscarle. No sabe si tiene orden de expulsión. Una enfermera le entrega una tarjeta roja con consejos legales. “Todos estamos preocupados; ningún lugar está a salvo”, le dice en un español arcaico.
No hemos terminado cuando se acerca otro chico, sin camiseta, con su perro. Ayer le agredieron y le robaron el móvil. Tiene una herida en el brazo y una pulsera localizadora en el tobillo por una condena judicial. No puede salir del radio asignado para ir al médico.
En esa misma calle, en la esquina, un chico muy joven, alto y rubio reparte rosas blancas. Le pregunto cómo está. “Horrible”. No quiere ayuda. Diez metros más arriba lo encontramos tumbado contra un parquímetro, acosado por otro hombre que le pide un mechero. “Cada día igual”, dice. Esta vez acepta curas. Guarda en el bolsillo papel de plata con restos marrones. “Este no es un sitio para fumar; viven niños en cada bloque”, le dice el responsable de Glide.
Trampeamos con los carros restos de comida en el suelo. La suciedad es evidente. “La ciudad ha recortado la limpieza en Tenderloin”, explica uno de los trabajadores. “Antes pasaban constantemente; ahora se nota”.
Entramos en otro callejón: siete personas fumando pipas de lo que muy probablemente sea fentanilo o metanfetaminas. Una mujer asiática recoge latas. Una mujer rubia grita incoherencias sentada junto a un hombre recostado en el suelo. Son un dúo, cada uno con su discurso en paralelo y hip hop a todo volumen de fondo convierte sus monólogos cruzados en algo hipnótico.
En la esquina, un chico mexicano observa la calle principal con prismáticos, los ojos abiertos sin parpadear. Sheridan le ofrece recursos. “No puedo distraerme”, responde. “Tengo que estar atento por si vienen los de ICE”.
Un hombre llega acompañado por Miguel, embajador de Glide. Tiene las piernas llenas de pústulas. Se sienta en una silla con su terrier en el regazo; lo abraza mientras el equipo le cura. Aquí se repite el patrón del día: heridas abiertas en piernas y pies. Úlceras que no cierran, infecciones crónicas. Estas heridas no solo duelen: excluyen. Son el motivo por el cual muchas personas no pueden acceder a refugios, shelters o comedores sociales. “Vuelve cuando la herida esté cerrada”, les dicen. Pero ¿cómo cicatriza una herida si duermes en la calle? Curar una pierna hoy puede ser el requisito para dormir bajo techo mañana.

Mientras tanto, Sheridan, la enfermera líder del grupo, pasa casi una hora al teléfono intentando redirigir a una mujer al programa de reducción de daños con suboxona como sustitutiva para el consumo de opiáceos. Explica con paciencia cómo funciona: en tiras permite alternar con el consumo e ir aumentando la dosis poco a poco hasta que el cuerpo deja de pedir la droga. Facilita pasar días sin ir al dispensario, algo clave para quien vive en la calle. Habla también de las malas experiencias previas: dosis mal ajustadas, evaluaciones incompletas, subidas químicas intensas si se sigue consumiendo. Por eso insiste en que el asesoramiento debe hacerse en hospital, de forma segura y legal. A veces, para estimar consumo, es más fiable preguntar cuánto dinero gastan al día que hablar de gramos.
Un altavoz con música altísima interrumpe la llamada. Kat frunce el ceño. “Solo tenemos una ventana de oportunidad y dura minutos. Si se tuerce, la perdemos”. Le deja a la mujer toda la información y le dice que, cuando esté preparada, ya sabrá a dónde ir. Le pregunto si este tratamiento sirve cuando también consumen meta. “No tenemos medicación sustitutiva”, responde. “Nada bloquea ese golpe de dopamina. Tratamos la psicosis, pero no la abstinencia. El vacío es enorme”.
Cuando regresamos, el cansancio no es físico. Es el peso de haber visto una ciudad sostenerse en equilibrios mínimos: una botella de agua, un vendaje, un paquete de Narcan que primero se rechaza y luego se guarda rápido. En el Tenderloin, a veces, eso es todo el margen que existe para que alguien siga vivo y, quizá, para que la semana siguiente vuelva a decir que sí.