Nada de lo que rodea escribir un libro es tarea fácil. Más aún cuando es un libro sobre vivencias de mujeres que habitan entre portales, entre habitaciones y sofás de conocidos, en la calle. Vivencias que conozco por mi trabajo. Exponer su realidad sin juicio, sin estereotipos, sin desvelar sus identidades, sin hacer asunciones… es muy complicado.
Ha sido un esfuerzo de años. Años en los que he dudado de si yo tenía la capacidad para hacerlo, de si era legítimo que yo, siendo policía, hablase de ellas. De hecho, este es el primer comentario que he leído en algunas redes sociales. También me he preguntado muchas veces si era arriesgado escribir un libro que interpela a la administración pública que en Barcelona mueve montañas para asistirlas, pero también a la ciudadanía que pide a cuerpos policiales como el mío que las desplacemos de sus puertas, que denunciemos sus actitudes, que actuemos con mayor contundencia ante transgresiones en el uso compartido del espacio público.
Pero decidí hacerlo. Sale de la necesidad de hacer visibles estas realidades para que se hable de las mujeres que permanecen ocultas a plena vista. Lo más importante ha sido hacerlo con cura, con respeto, pero también con documentación. Ha sido fundamental sostener cada explicación con citas de estadísticas oficiales, de hallazgos de investigaciones cualitativas de aquí y de otras ciudades del Norte Global, contrastando cifras (las pocas de los que disponemos) y, sobre todo, formulando propuestas de actuación y de políticas públicas basándome en las publicaciones oficiales en los portales de transparencia de los servicios existentes.
Una decisión clara y contundente que tuve ya antes de empezar a escribir es que este libro quería que narrase las vivencias de mujeres. Algunos comentarios que he visto (y con cierta indignación) es de que ellas son solo el 10% en la calle y que los hombres son más y también sufren. Es evidente que los hombres también son víctimas de violencia y aporofobia en la calle. Pero este libro es por y para ellas, porque las mujeres antes de llegar a la calle viven múltiples violencias ocultas, que creía que con el libro era importante que emergieran. No me cansaré de insistir en que las mujeres acumulan muchas más violencias, en especial las agresiones en relaciones de pareja y la violencia y abuso sexual. Es un libro sobre mujeres porque hasta hace menos de cinco años en Barcelona no había apenas servicios exclusivamente para ellas, en la mayoría de municipios no existen recursos para ellas. Queda mucho camino por hacer en la creación de espacios pensados con perspectiva de género donde puedan sobrevivir el día a día, donde puedan ir cuando quieran recuperar su vida.
Cuando escribí el libro lo hice historia por historia. Tenía un esquema claro de las cuestiones clave que quería tratar en cada una de ellas, aún recuerdo esa lista: de Ary, el desplazamiento «forzado» entre municipios, sus estrategias de supervivencia en la calle; de Gina, su paso por los narcopisos y cómo funciona el sistema de denuncia y el proceso judicial en las mujeres que viven en la calle y son víctimas de violencia; en Luz, las vías de llegada a la calle para mujeres migradas con historia de violencia y abuso en la familia; en Lili, el consumo activo y el rol de los programas de reducción de daños en mujeres que viven en la calle y, en Elisa, el poder de las relaciones para acabar en la calle, pero también para salir de allí.
Sin embargo, ha sido especialmente difícil conseguir relatar sus vidas, las de las diecisiete mujeres, mezclándolas, juntando las vivencias de unas y otras para contribuir a cada uno de los aspectos capilares de cada capítulo. Es muy real que cuando te sumerges y das voz a cada persona, el libro cobra vida propia y coge una fuerza, por momentos, indomable. Es fácil dejarse llevar por los caminos de la narración, lo más difícil ha sido poder introducir fragmentos más académicos, referencias a documentos e informes oficiales, datos que contextualizan lo que acontece en la narración sin cortar el cauce de la historia o, al menos, minimizando esa interrupción. Espero haberlo conseguido en mayor o menor medida.
Pensaba que juntar fragmentos de vida de diferentes mujeres creando personas ficticias sería suficiente para anonimizar a estas 17 mujeres. La sorpresa llegó cuando, tras enviarle las historias finales a compañeras de trabajo y del sector social han visto identificadas a otras mujeres, que ni tan solo yo conozco. Es una sorpresa que como autora me quebró, al ver que son muchas las que comparten este destino, pero que me permitió ver que había conseguido hilar los relatos de manera que ejemplifican una realidad mucho más grande.
Al acabar la primera redacción del libro cerré el texto pensando: «que bien ha quedado, pues ya estaría listo para su edición». Qué lejos de la realidad estaba. En la primera edición (he tenido al mejor revisor/acompañante de vida aunque nos costase lo nuestro) el trabajo grande en que él me guió (y llevó a borrar, escribir de nuevo, borrar y reescribir) fue en tres sentidos: cuidar el lenguaje para no trasladar el ejemplo de una mujer en concreto al de la mayoría, ya que cada vida es única aunque compartan trayectorias similares. También lo fue cuidar la formulación de conclusiones para no cerrar la opinión, ser descriptiva de una realidad sin encauzar la crítica del lector, dejar que las personas que leáis el libro os formuléis vuestro pensamiento propio con lo que describo. Por último, cada frase del libro fue reformulada una y otra vez hasta confirmar que trasladaba el mensaje de la manera en la que quería que llegase: aquí los adjetivos han sido claves desde la descripción de las mujeres y sus comportamientos hasta la de los lugares que habitan.
Después vino la espera. Un año pasó el libro en un cajón, después, unos meses de recibir rechazos o directamente no recibir respuesta. Hasta que el catedrático Antoni Milian me instó a moverme y ed. Icaria confió y apostó por esta novela ensayo. Icaria ha apostado fuerte y yo no puedo estar más agradecida/ilusionada. Desirée ha editado el libro con mucha cura y ha sido una cómplice a cada paso del camino. Ahora Matías de prensa Icaria y Esther de la Chincheta le están poniendo un pedazo de altavoz gigante.
El libro es de quien lo escribe mientras dura el proceso, después, pasa a ser de quien quiera leerlo. Espero que lo acojáis con el mismo respeto y mirada fuera de juicio que he intentado con cada palabra. Ahora es vuestro.