Un oasis por y para las mujeres

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Cuando llego a la puerta del número 442 de la calle San Pedro, en Skid Row (Los Ángeles), hay un grupo de quince mujeres haciendo cola para entrar. Son las siete y media de la mañana, el centro de día abre a las ocho, pero ya están esperando. Más tarde Miranda, que hace cuatro meses que trabaja en el centro de día, me explicará que los refugios últimamente están levantando a la gente a las seis de la mañana y tienen que salir a pasar el día fuera, en la calle. En la cola hay mujeres de distintas edades, orígenes, algunas llevan un carro pequeño de la compra consigo, otras bolsas de tela con ropa, alguna lleva una tienda plegada y compacta en forma de bolso. Ellas son las que viven en la calle.

¿Eres voluntaria? me pregunta Miguel, que se encarga de la seguridad. Estará en su treintena y es más bien delgado, de mi estatura. Es tu primer día ¿verdad? me pregunta mientras me acompaña dentro y tras las puertas, veo un gran comedor ahora vacío. Sheyla, una mujer con el pelo rizado, de carácter fuerte e ideas muy estructuradas, me pregunta si soy la voluntaria que viene de Barcelona y se presenta como la responsable. Me tiende su mano, dura, áspera, da seguridad. Al final del día me quedará claro que es ella la que mantiene las piezas funcionando con orden, reforzando el rol de las trabajadoras y trazando límites sanos para que todo funcione sin problemas.

Haré voluntariado allí durante ocho semanas, cuatro mañanas por semana, en el Centro de Día para Mujeres del Downtown Women Center (DWC). El primer día ya puedo ver como el centro de día es el corazón del DWC. Abre cada mañana de 8 a 14.30 y dispone de comedor (desayuno y comida) que se sirven en las carpas del parquing exterior que dispone de baños y agua. Pero de muchos otros servicios que descubro cuando acompaño a Sheyla y a Marissa, que acaba de sumarse a nosotras y lleva varias carpetas debajo del brazo. Una carpeta es para programar el servicio de ducha, otra para el centro de día y la tercera es para programar las visitas con las gestoras de casos (case managers) del centro DWC. Lucía, una mujer que a lo largo del día comprobaré que es muy resolutiva, es la encargada de gestionar las duchas. Gracias a su habilidad cronométrica, más de treinta mujeres se ducharán dentro del centro a lo largo de la mañana.

Son las ocho y las mujeres acceden al centro y hacen cola delante de nuestra mesa. Marissa se encarga de anotar aquellas mujeres que solicitan ver a una case manager y las diferencia si quieren un refugio para la noche (shelter), o no tienen case manager asignada, o la tenían y hace meses que no vienen así que solicitan «intake», lo que conlleva una entrevista que puede llegar a más de media hora y que refiere a su situación actual.

Algunas de las preguntas son duras, permiten asesorar el riesgo y las necesidades para vincular a las mujeres con los recursos existentes más idóneos. Este asesoramiento es común para todos los servicios de la ciudad como parte del proceso de entrada coordinada conjunta en el sistema y les permite ver, a cualquier case manager, si esa persona ya está acogida a algún programa de la ciudad. Actualmente este formulario está en revisión para ajustarlo mejor a las necesidades de las personas, pero de ello hablaré en otro post. A menudo solo hay cuatro gestoras de casos para toda la mañana: dos se dedican a hablar con las mujeres que tienen asignadas para valorar los recursos disponibles, las otras dos para hacer las entrevistas de «intake». La opción de refugio está abierta a todas las mujeres del Centro, solo tienen que apuntarse a una lista y las gestoras llaman a los refugios para encontrar camas disponibles. En los shelters tienen que marchar cada mañana y pasan el día en la calle.

Muchas mujeres solicitan hablar con una gestora de casos para que las oriente y las vincule a servicios, algunas piden bono-metro, otras sólo chequear su correo postal. Algunas piden acceder a la sala de ordenadores de la segunda planta. Allí pueden aplicar a ofertas de trabajo, o simplemente mirar sus redes sociales. La mayoría recogen su desayuno y vienen a pedir kits de higiene, pero hoy solo tenemos compresas y calcetines.

Es entonces cuando llega al parking Barbs, una mujer alta, de unos treinta y largos, fuerte por dentro y por fuera que con un megáfono llama a las mujeres. «Ladies ladies ladies!» su anuncio prosigue explicando que es ella quien las avisará para hablar con la case manager y que los refugios (shelters) están en pleno brote de Covid y por eso no hay apenas camas disponibles, pero que hará lo posible para conseguirlas.

Layla, una mujer de Alabama, nos explica que lleva cuatro meses en Skid Row y que hace cuatro semanas habló con la case manager para conseguir una persona referente en los servicios sociales que pudiese vincularla a apoyos residenciales, que allí funcionan mediante “vouchers”, cheques, que les permiten pagar parte del alquiler. “Suele tardar entre cuatro y seis semanas que te asignen una persona referente de servicios sociales”, le explica Marissa. Gladys, una mujer de larga melena grisácea nos explica que necesita un shelter y que no le importa dormir arriba del todo de la litera a lo que Barbs le explica que, al tener más de cincuenta años, no la dejarán por seguridad.

Un grupo de mujeres, al que llamaré a partir de ahora la “Goldie Gang”, nos piden que nos acerquemos. Son cuatro mujeres afroamericanas que aparentan más de sesenta años, una con el pelo largo se ayuda con un andador que claramente le va pequeño porque ella es más bien alta. Le ayudo a subir los apoyos de mano mientras ellas le enseñan a Marisa un cartel de promoción de vivienda social. «¿Dónde queda esto?» le preguntan. Miramos en Google Maps y ellas, al ver la ubicación responden que jamás irían allí ni que les regalaran el piso. “Esas calles no son para nada seguras” critica una. “De todos modos necesitamos tener un voucher de la sección 8th” explica resentida otra.

Marisa me explica, mientras nos alejamos, que la mayoría de residencias temporales y de larga estancia requieren «vouchers» (cheques) expedidos por los servicios sociales y asignados a la persona para un equipamiento residencial específico y que, en algunos edificios piden además una certificación especial que llaman la 8th. Nos quedamos hablando un buen rato sobre las dificultades que todo este proceso burocrático y rebuscado puede suponer para las personas que viven en la calle.

Por este motivo el Downtown Women Center es único. No solo es para mujeres, también es un centro integral, desde el centro de día que solo requiere que las mujeres tengan una actitud respetuosa, a una clínica sanitaria y centro de atención al trauma (violencias), a 119 unidades de vivienda de apoyo permanente estilo Housing First. Sin limitación de cuanto tiempo y no requiere que estén vinculadas a planes de trabajo, no les hacen test de drogas, pueden ir con su perro. Son viviendas de apoyo comunitario, de rapid re-housing en los casos de mayor riesgo. En una primera entrevista se evalúan sus necesidades y, al no disponer de unidades suficientes acceden aquellas mujeres con mayor vulnerabilidad. Gracias al proyecto “Every Woman Housed” en 2021 se aprobó la construcció de 97 unidades residenciales más que se construiran en el parking donde hoy se sirve la comida.

Al final de la jornada, estoy hablando con Milagros, una mujer mejicana que vive en Skid Row desde hace años y me explica sus vivencias. Es entonces cuando se oye a una mujer gritar. Es asiática y está chillando tanto como puede a un hombre negro que está al otro lado de la verja del recinto. Va vestido como un rapero de los noventa con gorro de lana y múltiples collares de oro. Le acompaña una mujer con gafas de sol rectangulares, ambos parecen salidos de un videoclip de Jay-Z.

La pareja está increpando a la mujer asiática, ellos en la calle, y ella dentro del Centro de día. En ese momento el hombre pone un pie dentro del Centro y más de diez mujeres, tanto trabajadoras como las que estaban comiendo a mi lado se lanzan hacia él a gritos. «Sal de aquí», «no eres bienvenido», «este es un centro de mujeres». Finalmente se marcha del lugar y Milagros me explica que este es el santuario de las mujeres, un oasis en Skid Row.

Sin embargo, hoy he visto a algunos hombres atendiendo los servicios del Centro de día. Vestidos con ropa de mujer, o con sujetador y chaqueta. «Se sienten y se identifican como mujeres, aunque su imagen sea aún masculina es porque de lo contrario en las calles les agreden, ha ocurrido que iniciando la transición vienen un día completamente magulladas» me explica una de las trabajadoras de DWC.

Más tarde hablo con la mujer asiática, Li, para comprobar que está bien. Aún está alterada y me explica que le intentaban robar. «Sé que aquí dentro no me pasará nada» me responde mientras entra hacia el parking con su bolsa. “Un día más en nuestro centro, si no estuviésemos aquí no se donde irían todas ellas, somos su cojín” concluye Marisa y retengo este pensamiento que me acompañará los próximos tres meses.

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