Cada 40 segundos se suicida una persona en el mundo. Un 20% de los españoles tiene riesgo de sufrir pensamientos suicidas y el suicidio es ya la primera causa de muerte no natural entre los jóvenes en España. Tras la pandemia, el número de tentativas de suicidio se cuadruplicó en Barcelona, especialmente entre las mujeres. Pero lo anterior solo son cifras. Impactantes, pero tan solo números.
Detrás de estas cifras está Alma, que tras explicar por Tiktok que quería acabar con su vida se lanzó por la ventana de su habitación. También está Paula, cuando se enfada, los cortes en la piel son su forma de hacer frente al dolor emocional que le abruma, le colapsa. Está detrás de estos porcentajes Adrián, que tras la pandemia se encierra a jugar al ordenador en casa y solo habla de sus pensamientos suicidas con otro «gamer», a través del chat. Está Nadia, que se ha intentado lanzar del balcón de la pensión en la que la habían alojado los servicios sociales tras dejar a su expareja, que la maltrataba. Está Jesús, que vive en la calle y consume alcohol a todas horas. Hace semanas que verbaliza que quiere acabar con su vida, que prefiere morir a continuar viviendo así.
También está la madre de Paula, que ha dejado el trabajo para velar por su hija. Está la hermana de Nadia, que cada tarde al salir de trabajar la visita en la pensión. Está el tío de Jesús, que lo busca en las calles. Están los amigos de Adrián, que han pedido al tutor del instituto que le ayude, le notan distante, apagado.
Muchas personas viven las situaciones de sus familiares, sus amigos, reteniendo el aire. Sin comprender. Muchas veces perdidas, sin saber qué hacer, cómo ayudar. Sintiéndose culpables o culpando a quien haciéndose daño les causa dolor.
Durante décadas, los medios de comunicación se han mantenido en silencio para evitar el efecto imitación. A 2022, el suicidio aún se vive a escondidas. En esta sociedad posfordista en la que hemos ido erosionando los lazos sociales, estas vivencias quedan puertas hacia dentro.
La desinformación solo alimenta los mitos preexistentes: “quien se suicida es cobarde por no seguir luchando”, “quien se suicida es valiente por hacer algo contra natura”, “el suicidio es una enfermedad mental”, “es hereditario”, “las tentativas suelen ser llamadas de atención”… Ninguna de las sentencias anteriores se puede afirmar y su impacto sobre las personas con ideación suicida y quienes lo viven de cerca puede tener graves consecuencias en su entereza emocional.
Además, ciertos enfoques pueden incluso generar un halo de romanticismo entorno el suicidio. De hecho, distintos informes e investigaciones estudian la correlación entre la serie «Por trece razones» y el incremento de suicidios entre la juventud estadounidense.
Finalmente los medios de comunicación y las redes sociales han reaccionado (a partir de 2020) poniendo al alcance teléfonos de atención como el 061 en Cataluña con una línea de atención al suicidio, el 024 en España o el 900 925 555 en Barcelona. Incluso creando un chat de whatsapp para jóvenes en la ciudad 679333363. Visibilizando el suicidio, hablando y dándole la importancia que debe ocupar.
En la atención sanitaria, comunidades como Cataluña cuentan desde 2015 con el Código de Riesgo del Suicidio, que se activa, hasta la fecha, con la visita a urgencias psiquiátricas. Una vez activado, se planifica la atención psicológica o psiquiátrica en las 72h los menores y los primeros 10 días los adultos, un seguimiento telefónico el primer mes y seguimiento por parte de los Centros de Salud Mental.
Pero la ratio de psicólogos públicos en España es de 6 por cada 100.000 habitantes, el precio medio de una consulta privada es de 50 euros. La ratio de psiquiatras públicos por cada 100.000 habitantes es de 11. Pienso en todas las personas que con un acompañamiento psico-social podrían revertir su ideación suicida y en cómo, en España, el cuidado de la salud mental sale cara.