Covid-19 y la falta de humanidad hacia nuestras personas mayores

Dignidad, humanidad e invisibilidad son las tres palabras que me vienen a la cabeza cuando intento resumir mis últimas dos semanas.

Vivimos en la burbuja de nuestra casa, entre stories de conciertos en directo y clases de yoga. Salimos a aplaudir cada día a las 20h porque es nuestra forma de agradecer a quién nos protege y a quién se está dejando la piel en la lucha contra esta epidemia. Pero hay una realidad de la que apenas se habla.

Cada día que pasa hay más residencias de personas mayores desesperadas. Lo que empezó con una falta de presencia de personal a causa de posibles contagios se ha transformado en un escenario desolador para muchos de estos centros: falta de material de protección, falta de recursos materiales, necesidad de desinfección de los espacios, falta de personal y lo peor, una desatención por parte de los servicios sanitarios y funerarios que evidentemente están saturados.

Lo que en tres líneas se ha enumerado se puede trasladar en que Juan, por ejemplo, seguramente hacía tres semanas que no veía a nadie de su familia y que posiblemente ha acabado falleciendo sólo. No en un hospital, si no en su residencia. O que María, la que podría ser su cuidadora, deba hacer frente a la realidad que supone decirle adiós cada día a muchas de las personas a las que lleva cuidando, llamando sin cesar a quién debe venir a recogerlos para darles un adiós humano, digno.

Recientemente ha salido a la luz una polémica guía del Departament de Salut en el que se recomienda no derivar al hospital los casos de mayores de 80 años con complicaciones así como su denegación de ingreso en las UCIs, como recoge este artículo de Cadena Ser.

Aquí os dejo algunos de los fragmentos más relevantes:

Y es que esta humanidad que hoy parece romperse no hace más que agudizar la crisis social y de valores que llevamos viviendo desde hace ya más de una década, una crisis en la que el individualismo es el eje y en la que sólo nos preocupamos cuando nos afecta a nosotros y nuestro círculo más cercano.

Pienso en mis abuelos y me siento muy afortunada de aún tenerlos a mi lado, a los dos maternos. Pienso en la suerte que tengo de que, aunque sean ya mayores estén bien y en su casa, arropados por mis padres. Pienso en cómo hay muchos que no tienen esa suerte y que están ahora solos, o en residencias en las que los quieren, pero no tienen recursos hoy para hacer frente a esta guerra invisible.

Estamos diciendo adiós de una forma indigna a una generación que a diferencia de la nuestra creció sin privilegios, sin abundancia, sin premios, juguetes ni regalos. Una generación que trabajó duramente para conseguir todo lo que han logrado y que ahora entre soledad, miedo y silencio se están marchando, sin el derecho a decir adiós, sin el derecho a morir dignamente.

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