
Desde los años noventa hemos pasado de un modelo político de proceso organizacional a un modelo de política burocrática.
Creer que los distintos organismos de la administración piensan y actúan con autonomía es correcto. Pero no es la jerarquía ni la cadena de mando lo que mueve hoy la administración, si no que cada organización depende de sus lideres, y estos se mueven por intereses particulares.
Hoy el Sistema que se rige por unas reglas del juego predefinidas por los jugadores: límites, ritmo de juego (ser el primero), recompensas del juego (status, poder)h y se prioriza el tipo de decisión a tomar antes que el problema en sí. Las decisiones se toman a partir de la negociación entre líderes.
El principal freno es la falta de conciencia por parte de la sociedad y la administración sobre la necesidad de tener un modelo de gestión que se anticipe a las emergencias y nos permita gestionarlas de forma más efectiva en caso que ocurran. Nuestra sociedad suele confiar en que no ocurren grandes emergencias y en que, en tal caso, nuestra mentalidad latina hace que seamos buenos en la gestión del caos “nos las arreglamos sobre el terreno”. Esto puede dificultar que una propuesta así esté priorizada en la agenda pública o en la política.
De todos modos, toda crisis genera presión en el liderazgo público y conlleva una toma’ de’ decisiones en la incertidumbre de la situación de la que no sabemos cómo derivará. Se debe tener en cuenta que un modelo de gestión integral de las emergencias está pensado precisamente para anticiparse a las crisis y dar al gobernante una hoja de ruta sobre la qué trabajar, algo extremadamente necesario en caso de emergencia.
Un modelo así permite elaborar significado sobre la emergencia antes de que ocurra, durante, y después. Algo muy necesario en el discurso político.