Ya hace casi diez años que se habla de la incertidumbre. Una palabra que durante mucho tiempo ha ido unida a otra: crisis.
Crisis económica, crisis social, crisis de valores, crisis de confianza, crisis de comunicación, crisis no violentas, crisis violentas, crisis humanitarias, crisis pandémicas…
El nuevo milenio ha supuesto muchas cosas, entre otras ha generado que sociedades que estaban acostumbradas a vivir dentro de unos parámetros que se consideraban normales, se hayan visto sacudidas por catástrofes que años antes eran propias de países lejanos.
Crisis que en ese momento pasaban a ser riesgos y amenazas a su vida cotidiana: el 11S, el 11M, el antrax, el ébola, la disrupción de mercados, la pérdida de trabajo y del hogar, las primaveras árabes, Wikileaks, Charlie Hebdo, los refugiados, Bataclan, etc.
La sociedad ha pasado por distintas fases ante estas crisis: al principio por supuesto la negación, después el blindaje (no volverá a suceder), el pánico, y después la adaptación. Parece que hoy nos hemos adaptado a una realidad que no cambiará y asumimos que debemos seguir con nuestras vidas sabiendo que una crisis en cualquier momento puede estallar.
He aquí el punto al que quiero llegar: la ciudadanía asume que el individuo solo no puede hacer nada y confia en los mecanismos institucionales para que le protejan. Como en todo en la democracia actual, delega en el gobierno y su administración para su plena protección. Sólo algunas organizaciones son participes y se unen a la tarea de protejer sea colaborando con la administración (Cruz Roja, equipos VOST), como por su cuenta (Annonymous).
La administración, por su cuenta, recientemente ha iniciado políticas públicas que han migrado de la prevención a la predicción; de la colaboración a la cooperación; y de la comunicación vertical a la horizontal.
De todos estos temas intentaré hablar a partir de ahora, en future and forward